Pienso, presiento y luego siento. El viento. Quiero. Tiento. Miento y remiendo.
Busco, deduzco, bebo lambrusco. Reduzco (con sonrisa y pestañeo). Seduzco.
Amo. Paso (de paso), paseo. Caliento. Alimento (el recuerdo). Miedo.
Pregunto, me voy y vengo. Vuelvo. Me ato (te desato). Pinto un cuadro en blanco.
Barranco. Salto. Grito y me desgañito. Deseo. Anhelo. Sueño. Me desperezo.
Escribo, y escribo y borro y reescribo. Y leo y quiero, pero no puedo.
Sentido, vestido de caos palábrico que busca una ruta por donde salir de mi cerebro a mis dedos y se topa con trombos de mariposas que hacen trompos por mi cuerpo y terminan vomitando algo inconcreto que no entiendo.
Busco, deduzco, bebo lambrusco. Reduzco (con sonrisa y pestañeo). Seduzco.
Amo. Paso (de paso), paseo. Caliento. Alimento (el recuerdo). Miedo.
Pregunto, me voy y vengo. Vuelvo. Me ato (te desato). Pinto un cuadro en blanco.
Barranco. Salto. Grito y me desgañito. Deseo. Anhelo. Sueño. Me desperezo.
Escribo, y escribo y borro y reescribo. Y leo y quiero, pero no puedo.
Sentido, vestido de caos palábrico que busca una ruta por donde salir de mi cerebro a mis dedos y se topa con trombos de mariposas que hacen trompos por mi cuerpo y terminan vomitando algo inconcreto que no entiendo.
Se me han acabado las entradas programadas.
Vuelvo al directo, aunque de cuando en cuando.
Los exámenes ya están aquí, los huelo.
Vuelvo al directo, aunque de cuando en cuando.
Los exámenes ya están aquí, los huelo.
Llegaron el pasado 20 de mayo a todos los cines de nuestro país. Los piratas más esperados del cine, volvieron y no defraudaron, pero qué voy a decir si a cada minuto de película, yo disfrutaba, reía y me sorprendía a partes iguales con Jack Sparrow (ups, perdón), con el Capitán Jack Sparrow.
el Capitán Barbosa (con pata de palo porque perdió su pierna en una batalla donde también perdió la Perla Negra) sirve en la marina inglesa. Y aunque nuestro ingenioso e intrépido pirata quiere zarpar rumbo a la fuente de la eterna juventud, hay un pequeño problema: no tiene barco.
pequeña, con las paredes forradas en madera, dos columnas a las que se abrazaban un poto y una enredadera, y cientos de miles de muestras de coronas y arreglos. Desde siempre el negocio había marchado bien, sobre todo cuando decidieron contratar a unos muchachos para que hicieran los repartos a domicilio. Aunque ultimamente, el negocio se había estancado. Hacía tiempo que nadie se moría en el pueblo. Habían cambiado las caras coronas por ramos de novia y ramilletes para chicas que iban a bailes de fin de curso. Por lo que hacía meses vencían una sola corona, tenían que hacer cien ramos de novia y cincuenta ramilletes. Y no había tantas novias deseando comprar flores para su día especial ni tantas muchachas graduadas como para que la floristería siguiera acarreando con los gastos de la casa. Tanto es así, que la familia que regentaba la floristería, estuvo planteándose echar el cierre. Finalmente, tras mucha discusión y decidir que no iban a dejar que su negocio se fuera a pique, planearon una oleada de crímenes perfectos.
Ella era todas las cuerdas de su guitarra. Cada melodía que salía como resultado de una caricia propicia de las yemas de sus dedos sobre los cables, era como un milagro. Ella lo concebía así. Daba gracias cada día porque, a pesar de todo, seguía haciendo música. Seguía inspirándose con acordes que le llegaban a la mente con sólo escuchar su entorno. Seguía amando aquella vieja guitarra por encima de todo, incluso de sí misma. Y seguía manteniendo vivo su sueño de convertirse en la mejor cantante. Y, ojo, ya lo era, pero aún no lo sabía.
Marie era coleccionista de tesoros. Tenía un arsenal de pequeños objetos enterrados en el jardín. Siempre que encontraba uno nuevo, hacía un agujero en la tierra, y lo escondía. Procuraba que su hermana no se enterara de que había cogido alguno de sus anillos, se cuidaba muy mucho de que mamá no supiera que le sisaba las monedas de las vueltas del pan. Cuando se despertó en el hospital, por lo primero que preguntó, fue por sus tesoros del jardín. Y por ése último que había encontrado en la mesilla de noche de su padre, el mejor tesoro de la colección, ése que, tras un fuerte estruendo que sonó como
Los brillos en los ojos de Carla, se los sabía de memoria. Era tanto rato el que pasaban mirándose, y casi no pestañeaban, que había podido contar cada una de las rayitas de verde que había sobre el fondo azul de su iris. Si hubiera podido, habría medido el diámetro de su pupila, ese punto negro que se contraía y se expandía. Desde ahí dentro, los ojos de Carla se magnificaban, se hacían grandes. Y él se la quedaba mirando hasta que ella se marchaba, tras soltar un poco de comida sobre el agua. Entonces el boqueaba y aleteaba hasta llegar a su sustento, deseando que un día Carla se hiciera diminuta y pudiera irse a vivir con él a la pecera.
A veces, si tengo que ser sincera, se me olvida por qué entré a estudiar Periodismo. Sí, tengo presente que es lo único que he querido hacer desde que me enteré que una no puede ser princesa sólo con desearlo mucho, allá por los tiempos en los que tenía 8 años y veía la realidad con los ojos de niña; pero hay veces que pienso:
Por eso, hasta mañana, mi blog aparecerá en la portada de Paperblog. ¡Qué alegría me ha dado cuando he leído el e-mail! (en medio de mi amargamiento por los estudios, ñeñe).
Pergarse el madrugón para ir a clase a veces tiene sus cosas, por ejemplo, puede convertirse en el motivo para escribir una nota mental en un blog que echa de menos tus desvaríos porque hace días que sólo estudias, y haces trabajos, y estudias.
Estoy metida de lleno en mi trabajo sobre Juan Navarro Baldeweg para mi clase de Arte Español Contemporáneo. Al principio todo ha sido un poco caos: buscar la información, hacer una selección de la laaaarga lista de obras que ha realizado tanto fuera como dentro de nuestro país, descubrir que tuvo una polémica con los Teatros del Canal, su creación más reciente, y hacerme un esquema de la presentación en Power Point.
Hoy quiero un café y un poco de tranquilidad.
