Chasing Pavements (Adele)

Supongo que este vídeo, lo que dice esta canción, se acerca mucho a lo que yo siento en este momento. El estribillo canta algo así como: ¿Debería rendirme o simplemente seguir mi camino aunque éste no lleve a ninguna parte? Eso es lo que pienso ahora mismo, cuando pienso en este blog que, durante tres años, ha sido como una casa para mí. ¿Le das al PLAY mientras me despido?



Crear un blog es muy difícil. Bueno, en realidad no, es muy sencillo. Gracias a Blogger, una plataforma tan sencilla de utilizar para alguien que se maneje un poco bien con los ordenadores, crear un blog hoy en día es una tarea sencilla. Mantenerlo es lo duro. Hacerlo crecer, crear un grupo de lectores más o menos fieles, idear contenidos para renovarlo constantemente... Hasta que llega un momento, cuando el cariño que le tienes es grande, que te das cuenta que de tanto renovar y renovar, se ha perdido por completo aquello que más te gustaba de él.

Hace tiempo, quizá dos o tres semanas, que lo que leéis en esta pantalla son entradas programas. Sé que es un error. Sé que decirme "bueno, esta semana no voy a tener tiempo de actualizar, voy a dejar algo programado", está bien para un momento puntual. Pero un blog no está basado en eso, y yo he abusado demasiado del estupendo recurso de escribir en diferido. Ahora me encuentro con entradas que no recuerdo si subí, microrrelatos que no me gustan que subí por llenar, y otras tantas cosas que me dicen que bloggear se ha convertido en una especie de obligación innecesaria que no tenía por qué cumplir. Me he forzado a mí misma a mantenerlo abierto y actualizado casi a diario durante demasiado tiempo. Y me avergüenzo y os pido perdón, porque vosotros que lo seguís, ya seais seguidores fantasma o lectores asiduos, no os merecéis un blog mecánico, que suba sus entradas como un robot, sino un blog que detrás tenga a una persona con corazón y manos, que se deje el cariño, las uñas y los sesos en daros lo que mejor se le da, que es contar historias o su vida simplemente.

Por todo ello, he decidido dejar El cóctel de los cuentos. Tres años, muchas alegrías, alguna que otra pena y muchas emociones después de abrirlo, lo dejo. Y como ya expliqué no se puede dejar un blog así sin más y abandonarlo en la net por los siglos de los siglos, así que yo quería, al menos, escribir esta entrada con música incluida para despedirme de él y de vosotros antes de cerrarlo definitivamente (no tengo fecha para el cierre definitivo, pero sí estoy decidida a hacerlo). Además, subiré una recopilación de los microrrelatos favoritos que tengo aquí subidos para que podáis descargarla y la tengais de recuerdo.

Y para los que estais dando saltos de alegría en este momento porque pensáis que no vais a tener que leerme más, lo siento. Ya os digo de antemano que seguramente no desaparezca del todo, soy demasiado inquieta o vanidosa, quién sabe, para estar sin teclear y sin enseñar lo que tecleo, pero si vuelvo será dentro de un tiempo y también será con cosas nuevas que me hagan recuperar la ilusión que yo solita he perdido: la ilusión de bloggear por el amor de bloggear y no hacer el tonto como he estado haciendo en las últimas semanas.

Eso sí, si vuelvo, también quiero pedir un favor a esos futuros lectores. No quiero un blog con 800 seguidores ni con 1000. No quiero un blog ni siquiera con 100 seguidores si no me siguen porque de verdad quieren. Es frustrante tener seguidores, aquí, en Twitter o en Mesopotamia que simplemente te siguen por el hecho de seguirte y ya está. Sé que son la mayoría, y que también hay otros seguidores, fieles y comentaristas, que se dejan caer de vez en cuando por aquí y me ayudan a seguir adelante. Por ellos es por lo que he continuado y continuaré, tenedlo por seguro.

Y no quiero que saquéis esto de contexto. No me voy porque mi blog tenga 825 seguidores y tenga una media de 6 comentarios por entrada. He dicho que es frustrante, y es cierto, pero si me voy es por error mío, porque he desvirtuado este lugar que era como un santuario para mí, porque he convertido el placer de llegar aquí y soltar lo que más me apetecía en una obligación que nadie me ha pedido que cumpliera. Es como si yo misma fuera mi propia jefa y aunque la jefa haya dicho, quédate y continua, actualiza y actualiza y actualiza, la trabajadora, la que está detrás y hace que esto respire, se pide la baja por saturación.

Y ya para terminar, dar las gracias. Doy las gracias a todo aquel que, en algún momento de estos tres años ha estado aquí leyéndome, comentándome, saludándome, dándome ánimos y dedicándome palabras de apoyo. Doy las gracias a todo aquel que aunque no comentara, leía. A todo aquel que creyó un día en este blog tanto como yo.

Y espero veros (o leeros, os estaré vigilando, no me voy del todo, seré el ojo que todo lo vé) muy, muy pronto.

Miles de besos, bandidos y bandidas.


¿Debería rendirme o simplemente continuar mi camino?
Aaunque éste no lleve a ninguna parte
¿O sería una pérdida de tiempo, incluso si supiera cual es mi lugar, debería dejarlo?
¿Debería rendirme o simplemente continuar mi camino?
Aunque éste no lleve a ninguna parte.

#súmatealrosa #venzamosalcáncer






Hoy es el Día Internacional Contra el Cáncer de Mama

Portafotos de revista

Y no precisamente porque una vez que tengas estos marcos en casa, vayan a llamarte de una revista de decoración (o del Ikea) para hacerte un reportaje sobre tu buen gusto, sino porque estos portafotos tan apañados que voy a mostraros en esta nueva entrega de El Detallista están hechos con revistas reales, sí, como lo lees.

Esta es una de esas manualidades que demuestran que con un poco de paciencia, algo de destreza y unos cuantos materiales básicos, podemos hacer de algo simple y aburrido, un objeto totalmente nuevo: divertido, colorista y decorativo 100%.


Lo único que necesitamos:
Revistas que ya hayamos leído
Ese marco de fotos que hemos querido cambiar desde siempre
Pegamento

¿Cómo se hace?
1. Hay que cortar tiras de las revistas del ancho que queramos y de largas, como la página de donde las saquemos. Cogemos una página y empezamos a recortar tiras y tiras y tiras. Para guiarnos, podemos hacerlas del mismo ancho de nuestro marco.

2. Luego enrollamos las tiras que hemos recortado formando tubitos de papel. Tenemos que repetir este paso hasta que tengamos un número considerable de tubitos, ya que con ellos tendremos que cubrir toda la superficie del portafotos. Podemos incluso hacer más tubitos de la cuenta para pegar no una sino dos capas sobre el marco.

3. Aplicamos pegamento por la superficie del portafotos y vamos pegando los tubitos dependiendo del ancho que hayamos elegido nos quedarán o no iguales. Aunque si quedan de longitudes dispares, será más divertido, podemos cortarlos al final para que queden uniformes.
3.1. El pegamento puede ser de barra, pero si es de contacto casi mejor, así nos aseguraremos de que los tubitos permanezcan pegados y bien pegados al marco.

CONSEJO EXTRA: Variando el ancho, el largo y la colocación de los tubitos, y sus colores, conseguiremos un amplio abanico de diseños:

Wendy nunca lo comprendería

Hace tiempo que tienen la misma discusión cada tanto. Ella se empeña en que deberían casarse y tener hijos, que ya está bien de vivir del recuerdo de las aventuras de cuando eran niños, que todas esas ganas de comerse el mundo, luchar contra piratas y cantar con sirenas se han caducado. Él sigue cabezón en que nada de eso ha muerto porque dice que todavía sigue viendo a esa hada pequeñita cada noche en su ventana; y mientras ella habla de compromisos que saben a fracaso asegurado y de hijos que deberían estar ya en camino, él la mira con un gesto de desilusión en sus ojos de eterno niño. Cuando ella le pregunta por esa expresión casi indescifrable, él se encoge de hombros y suspira. Ya la advirtió hace tiempo que con él las cosas serían distintas, que aunque le alejara de Nunca Jamás para irse a vivir a Londres, tomar el té a las cinco y visitar a sus padres todos los domingos, él iba a seguir siendo Peter Pan el resto de su vida.

Nota mental (12): 30 años de veranos azules

Hace pocos días, la serie Verano Azul cumplió 30 años.

Recuerdo pocas cosas de Verano Azul. Es más, creo que sólo recuerdo la cancioncilla de la serie (con toda la pandilla subida a sus bicicletas, silbando, tan alegres), un capítulo en el que la pandilla se dedicaba a limpiar la playa de desperdicios y la escena en la que uno de ellos (¿era Javi o era Pancho?) corría a avisar a los demás de que Chanquete había muerto (y seguro que si recuerdo la muerte de Chanquete es porque la han puesto en programas sobre "los momentos más vistos de la TV" mil veces).

Confieso que he canturreado alguna vez eso de "Del barco de Chanquete, no nos moverán... Del barco de Chanquete, no nos moverán, lalalalalalaaa...". Y justo ese lalalala es el que evidencia que apenas recuerdo la canción (aunque sí a Julia, tocando la guitarra con toda la pandilla cantando a coro).

Y a pesar de que lo poco que recuerdo de Verano Azul son un par de escenas, dos cancioncillas y parte de un capítulo, recuerdo otras muchas cosas de la época en la que la veía.

Recuerdo las cintas del VHS en las que grabé algún capítulo (que, por cierto, al cabo de los años encontré perdido cuando quería grabar otras cosas), recuerdo la terraza de mi casa todavía sin cristalera, no recuerdo que el calor de aquel entonces fuera sofocante en Madrid, pero quizá porque yo no estaba en Madrid sino en el pueblo, aunque no estoy muy segura. Sí que recuerdo a mi abuela pelando judías verdes, a mis Barbies esparcidas por suelo del salón o el pánico que me daba la piscina por aquel entonces.

Qué bien que Verano Azul haya cumplido 30 años, ¿no? Y qué mal, a veces, sentir que te estás haciendo mayor.